domingo, 25 de marzo de 2012

El rey Midas y el oro


Baco y el rey Midas
Baco estaba tan agradecido al rey Midas por haber  celebrado fiestas en su honor que un día le dijo: Pideme lo que quieras y te lo otorgaré.
Midas no se lo pensó dos veces
-quiero que todo lo que toque se convierta en oro –anunció.

Baco enarcó las cejas, muy sorprendido.
-       ¿ Estas seguro? –preguntó
Como Midas respondió que sí, desde aquel mismo instante disfrutó del don que había pedido. Mientras volvía a su palacio, toco por capricho unas rosas silvestres, y la convirtió aí en un flor de loro. Luego, deslizó la mano sobre un trigal, y lo transformó en un océano de espigas metálicas. Lleno de entusiasmo, Midas fue tocando todo lo que halló en su camino. Convirtió los álamos en columnas de oro y los guijarros en monedas. Gracias al don que había recibido, estaba a punto de convertirse en el hombre más rico del mundo…
Baco dirigiéndose al rey Midas, después de haber celebrado varias fiestas en su honor
               Su felicidad, sin embargo, duró poco. Nada más llegar a palacio, el rey se sentó a almozrar, y entonces descubrió el lado oscuro del don que había pedido. El pedadzo de pan que se llevó a los labios se transfsormó d pronto en un bodigo dorado, y el vino se volvió oro líquido nada más rozara su boca, así que Midas tuvo que escupirlo para no morir envenenado. Un escalofrío de angustia le recorrió entonces la espalda. El rey comprendió con horror que estaba condenado a morir de hambre, pues todo lo que se llevara a la boca se convertiría al instante en un objeto de oro macizo. Trastornado por el miedo, Midas rompió a llorar en voz en grito. Su hijo, que lo oyó, corrió alarmada a preguntarle qué le pasaba y entonces Midas, ansioso de consuelo, se dispuso a abrazarla. La tragedia fue inmediata. En cuanto el rey rozó el hombro de su hija, la joven dejó de respirar y se convirtió en una estatua de oro. Midas notó que un rayo de dolor le partía el alma.. Se sentía camino de la muerte, acorralado por don absurdo del oro rápido. “Sólo los dioses pueden salvarme”, pensó entonces. Poco después, Midas estaba arrodillado a los pies de Baco, suplicando con gesto doliente:
               -¡Ayúdame, Baco por piedad! ¿Quítame el don que me has dado pues no trae más ue desgracias.
               Midas tuvo suerte. Cuando Baco vio sus mejillas teñidas de lágrimas de oro, sintió tanta lástima que decidió mostrarle el camino de la salvación.
               -Todo lo que tienes que hacer –le dijo- es remontar el rio Pactolo hasta su nacimiento y, una vez allí, sumergirte en la fuente espumosa. El agua pura de aquellos parajes te librará del don que te atormenta.
               Midas no perdió un solo  instante. Con la túnica recogida hasta las rodillas, echó a correr monte arriba, mientras iba dejando sobre el suelo una estela radiante de polvo de oro. Cuando encontró la fuete de Pactolo, se echó en el agua de un salto, con la desesperación de una bestia a la que acaban de prenderle fuego. Entonces, tal como Baco había anunciado, el abominable don de la riqueza pasó del cuerpo de Midas a las aguas del río, que a partir de aquel día bajaron cargadas de brillantes pepitas y pajuelas de oro.
               Midas no volvió a desear la riqueza. Al contrario. Después de aquel mal trago, abandonó su lujoso palacio y se retiró al monte Tmolo, donde llevó la vida sencilla de un hombre de campo.

jueves, 22 de marzo de 2012

Apolo y Dafne


                               

Apolo y Dafne
               La victoria sobre la serpiente Pitón trajo para Apolo  consecuencias dramáticas. Conocido por su hazaña, Apolo empezó a despreciar a los otros dioses. “No están a mi altura”. Una mañana, se cruzó con Cupido, que revoloteaba entre los árboles con sus alas azuladas. Apolo reparó en su cara de niño, en su cuerpo minúsculo, en sus ojos inocentes de cachorro, y se sintió tan poderoso a su lado que lanzó una risotada de superioridad. Luego, se fijó en el arma que Cupido llevaba en las manos, el pequeño arco de soro con que dispara sus flechas de amor, y dijo en tono de burla.
               -¿Adónde vas, Cupido, con un arma tan ridícula? Deja las hazañas para los dioses aguerridos como yo, que matamos a las serpientes en un abrir y cerrar de ojos. No juegues a hacerte el héroe, porque te faltan bríos para serlo.
               -No sabes lo que dices! –respondió-. Este arco que te parece tan poca cosa ha destronado reyes y destruido imperios. ¡Pobre Apolo, todavía no sabes lo lejos que puede llegar el amor, pero te aseguro que muy pronto lo vas a comprobar en tu propia carne!
Cupido cumplió su amenaza. Aquella misma tarde, disparó dos flechas desde el cielo. Una contra Apolo y otra contra una hermosa ninfa llamada Dafne, que jugaba entre los juncos a la orilla del río. La flecha que atravesó el corazón de Apolo tenía la punta de oro y servía para encender el fuego del amor. En cambio, la que alcanzó a Dafne era de  plomo y despertaba las pasiones contrarias. El odio y el desdén. Apolo, enamorado por vez primera, comenzó a seguir a Dafne por los bosques. Se sentía hechizado por la transparencia de su piel y por el ímpetu fluvial de su melena, por el brillo de sus ojos y por la mansedumbre de sus manos. Lo que  Apolo encontraba en Dafne era la promesa de una felicidad sin límites. Ella, en cambio, solo sentía por Apolo un profundo desprecio. En cuanto lo veía en el bosque, corría a esconderse entre los árboles o  se zambullía en el río. Le desagradaba su arrogancia, y pensaba que en el corazón orgulloso de aquel dios no cabía el amor verdadero.
Un día, Apolo logró sorprender a Dafne en el bosque. Se acercó a la ninfa con tanto sigilo que ella no percibió el rumor de sus pasos. Lo primero que oyó fue una voz muy cercana que decía:
-Cásate conmigo, Dafne, y no te arrepentirás. Nadie puede hacerte más feliz que yo. Dafne perdió de pronto el color de la cara. Cuando volvió la cabeza, Apolo estaba aun palmo de sus ojos.
-Yo no creo en el amor –contestó Dafne-. Nací virgen y moriré virgen.
Apolo se incomodó, pues su corazón endiosado no estaba preparado para el desdén. Pero no se dio por vencido. Al contrario. Adelanto la  mano para acariciar la mejilla de Dafne. Sabía que el camino del amor no suele ser fácil,  y estaba decidido  a alcanzar su meta aunque fuese  a través de un atajo. Dafne, al verlo tan ansioso, se asustó. Reconoció en los ojos de Apolo el brillo demencial de quien no sabe reprimir sus instintos, y sintió tanto miedo que echó a correr para ponerse a salvo. Apolo, contrariado, empezó a perseguirla y, mientras iba tras ella, su amor no dejaba de crecer. En plena carrera, la ninfa le pareció más hermosa todavía que en reposo, pues el viento ondulaba su melena y y desnudaba la blanca redondez de sus hombros. Apolo, loco de pasión, habría dado cualquier cosa por estrechar las manos de Dafne, por acariciar su cara, por cubrirla de besos, pero saltaba a la vista que no era correspondido. Lo que Dafne sentía no era amor sino pánico: su corazón no ansiaba la caricia, sino que trataba de escapar del peligro. Mientras corría a través del bosque, los guijarros se clavaban en sus pies y las  zarzas le herían los tobillos, pero ni siquiera sentía el dolor, pues su alma no se encontraba a merced del miedo. Cada vez que Dafne volvía la cabeza, Apolo se hallaba algo más cerca. Era tenaz como el lobo cuando sigue a su presa, odioso como la serpiente que nunca se rinde. Llegó un momento en que Dafne notó que le faltaba el aliento. Su corazón latía a toda prisa, y las piernas empezaban a fallarle. Cuando giró la cabeza por última vez, para desvanecerse, deseó ser roca para librarse del abrazo de apaolo, quiso ser agua para empapar el suelo y hundirse en lo más hondo de la tierra. Dafne se  dio cuenta de que el único que podía ayudarle era su padre, y su grito despavorido retumbó en todos los rtincones del bosque:
-¿Sálvame, padre, por piedad!
               Dafne era hija de Peneo, que corría muy cerca de allí, formando sonoros saltos de agua que salpicaban los troncos de los árboles. Al oír el grito de Dafne, Peneo no vaciló. Como todos los ríos,  poseía poderes divinos, y decidió emplearlos para salvar a su hija. De repente, Dafne se detuvo en el air e como un pájaro alcanzado por un dardo certero, y su cuerpo empezó a transformarse a toda prisa. De la yema de sus dedeos brotaron hojas,  sus pies echaron raíces que se hundieron en la tierra, su vientre y su pecho se endurecieron, sus brazos se estiraron hacia las alturas y su larga cabellera se transformó en una copa de espesas hojas. Por obra de Peneo, Dafne se había convertido en un alto laurel, y su bello rostro quedó petrificado en una oscura corteza de arbusto. Apolo, trastornado por aquella pérdida inesperada se aferró a las ramas de laurel y besó con pasión el duro tronco. Comprendió que ya nunca podría gozar del amor de Dafne, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Cuando volvió a abrazar el árbol, le pareció que temblaba entre sus manos. Entonces, con voz tristísima, empezó a decir:
               -Nunca te olvidaré, Dafne querida. Ya no podrás ser mi esposa, pero siempre serás mi árbol.
               Así fue. Desde aquel día, Apolo colgó su aljaba de cazador y su lira d oro en las ramas del laurel, y decidió que las hojas de aquel árbol sería un símbolo eterno de gloria. Por eso es costumbre coronar con a los generales que regresan victoriosos de la guerra  ny a los poetas que nos emocionan con la dulzura de sus versos.

miércoles, 21 de marzo de 2012

la estatua de Pigmalión

La estatua de Pigmalíon
Mitología en castellano                                                                       
           En la soleada isla de Chipre, patria de la amorosa Venus, vivía un hombre llamado Pigmalión. Había consagrado su vida a la escultura, que era a la vez su pasión y su oficio, y todos alababan sus obras, pues Pigmalión sabía reflejar sobre la piedra todas las emociones del corazón humano. Por lo demás, era un hombre reservado y austero, más dado a la soledad que a la conversación. Durante años, había buscado a una mujer con la que compartir su vida, pero ninguna había llegado a cautivarlo de veras. Al final, Pigmalión se convenció de que su alma era impermeable al amor, y se resignó a pasar sus días a solas.
Ernest Normand
Una estatua de marfil le cambió la vida. Pigmalión empezó a cincelarla guiado por un rapto de inspiración, y se entusiasmó tanto con el trabajo que, durante tres días, esculpió sin descanso de sol a sol. La tarde en que acabó la estatua y la miró con detenimiento, quedó hechizado por su perfección. Representaba a una mujer de impecable belleza, de cuerpo plácido y manos amigables, con una sonrisa amplia y alegre y unos ojos almendrados que expresaban una honda ternura. La estatua reflejaba con tanta precisión la  verdad de la vida que Pigmalión se dijo a sí mismo: “Sólo le falta hablar”
Desde el principio, Trató a la estatua como si fuera una mujer. La adornó con collares, la vistió con túnicas de hermosos colores y se acostumbró a hablarle. Algunos días, se pasaba horas enteras acariciándole las manos, suaves como nubes, y contemplando sus ojos, que parecían tocar las cosas con su mirada imposible. Una noche, encendido de pasión, Pigmalión besó los labios de la estatua. Le pareció un acto ridículo, propio de un loco, pero cargado a la vez de sinceridad y pureza. Era absurdo, pero Pigmalión tuvo que reconocerlo: estaba enamorado de su hermosa creación de marfil. Aquella noche, desbordado de cariño, durmió al lado de la estatua. No llegó a cerrar los ojos, pues permaneció despierto hasta el alba, hablando en susurros con la imagen que le había devuelto la ilusión del amor, acariciando sus manos quietas y recorriendo con besos muy lentos la pequeña llanura de su frente.
               Días después, se celebró en Chipre la fiesta de Venus. Pigmalión entró en el templo de la diosa para quemar sobre el altar un puñado de incienso. Mientras hacía la ofrenda, absorto en sus pensamientos, iba diciendo a media voz:
-        ¿Qué feliz me harías, Venus, si pudieras darme una mujer que se pareciera en todo a la escultura que he creado!
Aquella tarde, al volver a casa, Pigmalión le contó a la estatua lo que le había pedido a Venus. Mientras hablaba, adelantó la mano para acariciarle el rostro, pero apenas le rozó la mejilla, la retiró con brusquedad, como un niño al contacto delo fuego. Había tenido la sensación increíble de que la mejilla de  la estatua desprendía un calor de ser vivo. Pigmalión se sintió tan confundió que, durante unos instantes, se quedó inmóvil sin saber qué hacer. Luego, arrastrado por la curiosidad, volvió a acercar la mano, y entonces comprobó que, en efecto, la estatua estaba tibia, y que su pecho se hinchaba al capturar el aire, y que sus labios tenían el color tenue de de la piel de una muchacha, y que su boca despedía la cálida corriente de un aliento humano. Por un momento, se preguntó si no estaría soñando, y se frotó los ojos para despertar. Pero ñoñaba, no. Entonces supo que Venus, convencida por la fuerza de su amor, había convertido la estatua en una mujer. De repente, la  muchacha levantó la cabeza con un dominio completo de su propio cuerpo, y sus ojos almendrados vieron por vez primera la claridad del undo. Pigmalión, más enamorado que nunca, la besó en los labios, y la joven enrojeció hasta las sienes.
               La boda se celebró a la mañana siguiente. Nueve meses después, la esposa de Pigmalion dio a luz a una preciosa criatura.